Editorial Eco Católico: Navidad sin Jesús es fiesta pagana

Lo impensable se hace realidad en nuestra sociedad vaciada de Dios. Hace unos años, la BBC de Londres, influida por fuertes corrientes anticristianas, dejó de utilizar las leyendas “Después de Cristo” o “Antes de Cristo” para referirse a los años previos o posteriores del nacimiento de Nuestro Señor. Adoptó el genérico “Era común” para responder al deseo de quienes quisieran borrar el hecho de que el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros.

Pues bien, en esa línea laicista y abiertamente ofensiva a la fe de mil millones de personas, hay quienes siguen insistiendo en una Navidad sin Jesús. Adoptan todos los signos tradicionales de esta época y haciendo una lectura ideológica suprimen cualquier referencia al Señor, llegando al extremo ridículo de sustituirlo con imágenes comerciales con fines evidentemente lucrativos.

Como creyentes tenemos que repudiar todos estos intentos por transformar el sentido de la Navidad, y con argumentos que partan de la vida, recolocar en el ideario común el hecho de que la Navidad nace con la llegada de Cristo al mundo, del seno virginal de la Santísima Virgen en el portal de Belén hace más de dos mil años.

Aquel humilde nacimiento, sucedido al calor de la Sagrada Familia y teniendo como testigos a los más humildes y despreciados de la época como eran los pastores, significa un antes y un después en la historia de la humanidad. En la pequeñez del niño que nace, Dios derrama todo su amor y su misericordia por los hombres, a quienes ofrece la salvación.

No se trata de un hecho que se pueda obviar, o menos desaparecer. Desde el punto de vista teológico sería impensable soslayar la Encarnación del Verbo, y desde lo sociológico pasando por lo histórico y hasta lo cultural un verdadero contrasentido, un autoataque a las propias raíces que nos hacen ser lo que somos.

Los intentos por difuminar a Jesús de la Navidad adquieren formas muy sutiles, que van desde canciones, videos, anuncios comerciales, hasta prácticas institucionalizadas, donde estos días santos se ven como feriados, o a lo sumo festivos cercanos al fin de año, donde la fiesta sustituye la liturgia y el consumismo ahoga el corazón.

Y no podemos quedarnos tampoco en las representaciones vacías, que igualmente carecen de sentido, porque nada hacemos gastando y gastando para tener el mejor pesebre, o el árbol de Navidad más decorado si no comprendemos el mensaje de Aquel que se ha hecho hombre por amor, y cuyos frutos abundantes de redención y amor nos ha alcanzado con su muerte en la cruz.

Solo el encuentro personal con quien es el Amor, puede darle sentido verdadero a la Navidad. El Señor está a la puerta y llama, somos nosotros quienes podemos abrirla o dejarla cerrada. Entre una y otra decisión nos jugamos la Vida Eterna.

Que nadie olvide en esta Navidad que la alegría auténtica no la da el mundo con sus luces pasajeras, solo Cristo, instalado en nuestro corazón, puede convertir el dolor en gozo y la tristeza en esperanza. Solo abramos la puerta y dejemos que entre y transforme nuestra vida.

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