Mensaje del Arzobispo Metropolitano: Consagración de Vírgenes


Consagración de Vírgenes

Monseñor José Rafael Quirós Quirós
Arzobispo Metropolitano

“Ya no me llamarás más, Señor mío, sino que me dirás Esposo mío”
Os 2 ,18

El pasado sábado 18 de abril celebré, por primera vez, una Eucaristía en la que cinco mujeres quisieron voluntariamente consagrar su virginidad al Señor.

Con este paso, ellas tratan de responder a la vocación que el Señor, en su infinito amor, les ha regalado.

La vida cristiana no se mueve en la mediocridad o ambigüedad, sino en la radicalidad evangélica. Jesús nos señala el camino: “no se puede servir a Dios y al dinero” (cfr. Lc. 16, 13), o se sirve a este mundo o nos entregamos a los valores del Reino. La virginidad consagrada es un signo de esta radicalidad y vigilancia, que alimenta la esperanza de participación en la vida plena del Reino. Para poder entrar a las bodas del Cordero, se nos dice en el Evangelio, no se puede malgastar la gracia que en Cristo hemos recibido.

Ellas han sido llamadas a vivir en un continuo discernimiento para responder con generosidad a los dones recibidos, bien lo manifestaba San Pablo a los Romanos, “no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.” (Rom. 12, 2).

Estas hermanas, han tomado la decisión de consagrar al Señor su virginidad, siguiendo los pasos de la Santísima Virgen María, quien, por voluntad propia y en respuesta al llamado de Dios, se abandonó en él. De esta manera podemos intuir una relación estrecha entre la donación al Señor, mediante este propósito de entrega total y exclusiva, y el compromiso de luchar por la salvación del mundo. Así lo interpretaron, aquellas primeras vírgenes consagradas, las hijas de Felipe el diácono (Hech. 21, 8-10), o la hija de Febe, que ayudó a Pablo en su misión.

Las vírgenes consagradas se dedican a la oración, la penitencia, el servicio a los hermanos y el trabajo apostólico según el estado y los carismas respectivos ofrecidos a cada una de ellas, pero no son monjas. Siguen ejerciendo sus profesiones y oficios en el mundo, dando testimonio con sus vidas que están en el mundo, pero que no son del mundo.

Que el paso dado por estas hermanas nos sirva a todos para reafirmar nuestras convicciones, sobre el sentido permanente de la entrega total a los valores del Reino, como nuestra especial vocación, y estar vigilantes para que la mundanidad, como afirma el Papa, no penetre en la Iglesia y en nuestra vida. 

Fuente:
Departamento de Comunicación - Arquidiócesis de San José