Domingo de Ramos


Domingo de Ramos

Monseñor José Rafael Quirós Quirós
Arzobispo Metropolitano

Hermanos, con la celebración de hoy estamos iniciando la Semana Santa, donde tendremos la oportunidad de adentrarnos en el Misterio Pascual de la Muerte y Resurrección de Cristo. Conmemoramos la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén, donde es aclamado por las multitudes, muchos vieron en él al libertador de Israel y por tanto un mesías político, las autoridades del pueblo lo vieron como un peligroso agitador que ponía en peligro su posición política.

Lo cierto es que en cumplimiento a lo expresado por el profeta Jeremías, Jesús entra en Jerusalén montado en un pollino, como el Mesías Rey que llegaba a cumplir con la misión que el Padre le había encomendado, por lo que llega en la mayor humildad humana, demostrando así que pretende derribar todas las fronteras que dividen a la humanidad, mediante la fuerza del amor y de la paz auténticos valores que son los que proceden de Dios.

Quienes siguen a Jesús, son todos aquellos con los cuales había entrado en relación, los pobres, los niños las viudas, los marginados, los pecadores, que aceptaron el mensaje que les dirigió y que estaban en proceso de afianzar bien su fe. 

Jesús es aclamado por la muchedumbre, que gritaba hosanna al Hijo de David, en otras palabras le gritaban sálvanos. Es sin duda una escena que conmueve ya que muchos se sentían agobiados bajo el peso de su situación de vida.

Sin embargo, en la peor de las contradicciones, muchos de los que aclamaron a Jesús, una vez que lo vieron maltratado y humillado, sujeto de todas las vergüenzas humanas huyeron de su presencia, lo dejaron solo, hasta extremo que el mismo Pedro lo negó.

No fueron pocos los que gritaron pidiendo su condena de muerte y la libertad de Barrabás, todo el juicio injusto se desarrolló en medio de componendas y corrupción, lo que interesaba a las autoridades era quedar bien con la masa del pueblo, aunque tenían conciencia que Jesús no merecía la muerte en Cruz.

Pero lo cierto, es que Jesús llega a Jerusalén a sellar con su sangre el pacto definitivo de Dios con nosotros, en el cual se establece que la deuda por nuestros pecados ha sido saldada, y que ha quedado así plenamente establecido el Reino de Dios, Jesús en la Cruz es entronizado como el Salvador del mundo, y por tanto los valores de este Reino adquieren firmeza desde el costado abierto de Cristo, donde somos engendrados todos los que hemos recibido el bautismo y somos alimentados por la Eucaristía en la comunidad de salvación que es la Iglesia.

Pero, no podemos olvidar que las palmas que hemos traído en nuestras manos significan martirio, en otras palabras al aclamar al Señor nos disponemos a correr si fuera necesario la misma suerte suya por amor; pero con la esperanza que nos espera la palma de la victoria en su presencia.

Esto quiere decir que los cristianos de hoy fortalecidos por la acción del Espíritu de Dios, hemos de ser valientes constructores de una situación de vida totalmente nueva, en medio de un mundo que al igual que sucedió en aquellos momentos, trata de borrar a como haya lugar el nombre de Dios.

Una sociedad en la cual, algunos que ostentan poder no se animan a defender y profesar su fe en Cristo públicamente, oponiéndose a proyectos de ley que atentan contra la vida y la ética. Pero, al igual que en aquellos tiempos, hoy la vida triunfa sobre la muerte, la verdad sobre la mentira, la luz sobre las tinieblas, la honestidad sobre la corrupción.

Que Cristo con su testimonio de amor, llegue a todos los que vivimos en esta nuestra Arquidiócesis y en el país entero, donde la violencia sigue cobrando vidas, de quienes son asesinados. Necesitamos y queremos una transformación, pero esta no será auténtica, si no se sustenta en los valores del Evangelio, en la fraternidad, la justicia, el servicio, la honestidad, el trabajo. Que Jesucristo el Pan vivo bajado del cielo, nos fortalezca para ser valientes testigos de su amor.

Fuente:
Departamento de Comunicación - Arquidiócesis de San José