El Cristo de Esquipulas


El Cristo de Esquipulas

Monseñor José Rafael Quirós Quirós
Arzobispo Metropolitano

Cuando alguna persona nos pregunte: “¿por qué exaltar la cruz?” (y a Cristo colgando de ella), el Papa Francisco invita a responder que “nosotros no exaltamos una cruz cualquiera, o todas las cruces. Exaltamos la Cruz de Jesús, porque en ella se ha revelado al máximo el amor de Dios por la humanidad”. 

Cristo transformó la cruz de instrumento de tortura y muerte en camino de esperanza y salvación y como discípulos suyos no somos indiferentes a su dolor, nos dejamos tocar por ese inmenso amor y como María al pie de la cruz, lo contemplamos con amor agradecido.

Y, aunque sabemos que Jesús ha resucitado, y vive para siempre, su imagen, traspasada por las heridas y pendiendo del madero, nos invita a meditar en aquel que se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz “y a quien Dios lo ensalzó… y le dio el nombre que está por encima de todo nombre… para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para la gloria de Dios Padre”. (Filipenses 2, 8-11)

Decía San Juan Pablo II, en su visita al Perú en febrero de 1985: "Solo en la cruz puede encontrar el hombre una respuesta válida a la interpretación angustiada que surge en el corazón del hombre doliente. (...) Identificado con Cristo en la cruz, el hombre puede experimentar que el dolor es un tesoro; y la muerte, ganancia”.

Posteriormente, el papa Benedicto XVI, en el discurso de apertura de la V Conferencia en Aparecida (2007), subrayaba cómo “la sabiduría de los pueblos originarios les llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían”, marcando en primer lugar en el alma de los pueblos latinoamericanos “el amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y de la reconciliación; el Dios que nos ha amado hasta entregarse por nosotros”.

Al celebrar al Santo Cristo de Esquipulas, en el Santuario Nacional en Alajuelita, nuevamente los creyentes fijamos la mirada en el Cristo crucificado que “dando salud a todos los enfermos que le invocan, socorriendo a todos los necesitados que le aclaman” nos pide solidarizarnos con cuantos sufren, con aquellos que se sienten abatidos, con quienes no experimentan consuelo ni descanso en su dolor para que unidos a Cristo, Hijo de Dios, crucificado por nuestros pecados y nuestra salvación renueven la esperanza .

Como insistía el Concilio Vaticano II en su mensaje final a los pobres, a los enfermos y todos los que sufren: “Sabed que vosotros no estáis solos, ni separados, ni abandonados, ni inútiles; sois los llamados por Cristo, su viva y transparente imagen.”

En medio del confort y el derroche, no pocas veces nos sentimos tentados a alejar de nosotros la cruz, no nos gusta la propuesta que el mismo Jesús nos hace “Si alguno quiere venir en pos se mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.” (Mc. 8, 34)

Cuánto camino nos falta por recorrer, cuando ante el dolor o la enfermedad, no se ve su valor redentor por Cristo sufriente, sino que se busca como respuesta terminar con la vida de la persona. Por Cristo, la cruz se ha convertido en el árbol de la vida, aprendamos a nutrirnos de los frutos que produce el discipulado vivido desde esta dimensión. 

Fuente:
Oficina de Comunicación - Curia Metropolitana