La corrupción no puede contra la esperanza


La corrupción no puede contra la esperanza

Monseñor José Rafael Quirós Quirós
Arzobispo Metropolitano

Con nuestra Exhortación: “Rehabilitar la Política”, publicada en el pasado proceso electoral, los Obispos insistíamos en la necesidad de atacar de raíz el lamentable fenómeno de la corrupción, entendido como el abuso de poder en el ámbito de gobierno o en el sector privado para el beneficio o el enriquecimiento personal y señalábamos que, siempre son los más desposeídos los que pierden, “pues se instrumentaliza a la persona humana utilizándola con desprecio, ignorándola o excluyéndola para conseguir intereses egoístas, personales o grupales.”

De forma, aún más directa, hace algunos meses, el Papa Francisco denunciaba que, con dicha práctica, los pobres han sido siempre los grandes afectados: “Pagan los hospitales sin medicinas, los enfermos sin curas y los niños sin educación. Son ellos… los que pagan por la corrupción de los grandes”.

Este cáncer también ha invadido a Costa Rica, dañando los lazos sociales y minando la confianza de los ciudadanos en la eficacia del sistema democrático. Vale señalar que ante este hecho, hemos visto la unión de múltiples esfuerzos por parte de los poderes del Estado, los grupos sociales y el pueblo en general, en aras de erradicar tan grave mal y en defensa de la paz social.

La semana pasada el Papa Francisco volvió a retomar este tema, especialmente sensible por la estela de injusticia que marca a su paso pero, en esta ocasión, lo ha planteado no sólo como un mal social que invade las mismas estructuras, sino como un pecado personal que necesita particular atención: “ La corrupción es en sí misma también un proceso de muerte: cuando la vida muere, hay corrupción… y hay pocas cosas más difíciles que abrir una brecha en un corazón corrupto”. 

Una persona corrupta es oportunista y se disfraza de honestidad: “no puede aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, busca disminuir cualquiera autoridad moral que pueda cuestionarlo”. Aún más, dice el Papa: “El corrupto se cree un vencedor… se pavonea para menospreciar a los otros. El corrupto no conoce la hermandad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad”.

Y, con una imagen todavía más humana señala: “El corrupto no percibe su corrupción. Es como el mal aliento… difícilmente quien lo tiene se da cuenta, son los otros quienes se percatan y deben decirlo. Más que ser perdonado, este mal debe ser curado…”

Para concluir su meditación, el Papa llama a todos, y especialmente a quienes han hecho de la corrupción su modus vivendi, a no dejarse vencer por la limitación humana pues… “el Señor no se cansa de llamar a las puertas de los corruptos. La corrupción no puede contra la esperanza”.

Nuevamente el Papa, desde una clara óptica pastoral, nos invita, sin excepción, a ser agentes de cambio y así, con una actitud personal y social, transformar en lo profundo costumbres, estilos, lenguajes y estructuras que niegan el querer de Dios para su Pueblo.

Fuente:
Oficina de Comunicación - Curia Metropolitana