Cristo: fundamento de la familia


¿Cuál familia no aspira vivir alegremente? De hecho, son incontables las propuestas de “bienestar” que el mundo ofrece para alcanzar esta meta pero, en su mayoría, se fundan en la codicia y el egoísmo.

La sociedad materialista, promoviendo una ambición que no conoce límites, nos dice que las familias exitosas y realizadas son aquellas que logran vivir en medio de comodidad, derroches, caprichos y lujos. Paradójicamente, en la búsqueda de ese objetivo, muchas familias se ven arrastradas al fracaso y a la desintegración.

A la vez que se ha cedido espacio a esta corriente, la familia, como “comunidad educadora fundamental e insustituible” ha dejado de animar y transmitir los valores religiosos y culturales que fomentan en cada miembro las aspiraciones más nobles. En contraste con su vocación originaria, afirmó Juan Pablo II: “la familia resulta, por desgracia y no raramente, lugar de tensiones y de prepotencias, o bien víctima indefensa de las numerosas formas de violencia que marcan a nuestra sociedad.” Sin duda, en muchos hogares Cristo ha sido postergado o reemplazado por otras “prioridades”…

Precisamente, en el cuestionario enviado por la Santa Sede a todas las Conferencias Episcopales a fin de preparar el Sínodo de los obispos sobre la familia se plantean estas inquietudes: “Jesucristo revela el misterio y la vocación del ser humano: ¿La familia es realmente un ambiente privilegiado para que esto tenga lugar? ¿Qué situaciones críticas de la familia en el mundo actual pueden constituir un obstáculo para el encuentro de la persona con Cristo? ¿En qué medida las crisis de fe que las personas pueden atravesar inciden en la vida familiar?”

Ante esto, “Evangelio: alegría de la Familia” no es sólo, entonces, el lema de este mes de la familia, sino un proyecto de vida plena para cada hogar costarricense.

Al esforzarnos por discernir y encarnar las enseñanzas de Cristo en el seno de nuestros hogares, por encima de cualquier dificultad, haremos que nuestras familias realmente sean firmes: “Como el Padre me ha amado, así les he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud”. (Juan 15,9-11)

Vivir el Evangelio en familia es asumir como criterio de vida la práctica del amor y, esto supone que cada uno es un servidor que, superando todo egoísmo e interés, tendrá a los demás como “primeros” para ofrecerles cariño, auxilio, acogida y comprensión. No hay familia estable y feliz si no se funda en el amor, si no fomenta la generosidad, la tolerancia mutua, el espíritu de sacrificio, la unidad y solidaridad en cualquier circunstancia.

Solamente a partir de una experiencia compartida de amor, hacemos presente a Cristo en nuestros hogares: “Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18, 20)

Fuente:
Oficina de Comunicación - Curia Metropolitana