Ante todo ... servidores


Acabado  en requerido proceso de estudio y reflexión, ayudados por el  acompañamiento de los sacerdotes formadores y el apoyo e inspiración de sus familias, diecinueve hombres casados, respondiendo a un llamado de Dios, fueron ordenados diáconos permanentes en la Catedral Metropolitana, el pasado sábado 9 de agosto, instaurándose con este acto, una nueva etapa en la vida pastoral de la Arquidiócesis de San José.

Como sabemos, el diaconado es el tercer grado del sacramento del orden y se vive en la Iglesia en una doble modalidad, ya sea transitoriamente para acceder luego al presbiterado o, en este caso, como ministro ordenado con su identidad y estabilidad propia, después de recibir los ministerios confiados también a los laicos del lectorado y acolitado.

El Concilio Vaticano II nos regala  los elementos esenciales para entender el diaconado permanente,  destacando, ante todo, la comunión y el servicio: “Así, confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad.” Cf. (Lumen Gentium 29)

Primeramente, somos una Iglesia de comunión. Hay diversidad de ministerios, carismas, formas de vida y de apostolado que expresan  la vitalidad y santidad de la Iglesia que el Espíritu Santo va suscitando. En este sentido, el diaconado permanente es un don de Dios que se entiende y se realiza en comunión con los demás ministerios y carismas y siempre al servicio de la comunión y misión de la Iglesia servidora de los hombres. 

Si bien en la Iglesia todos somos servidores, el Concilio subraya que los diáconos junto al Obispo y su Presbiterio, son servidores del Pueblo de Dios; cada uno según su propia naturaleza, los diáconos «sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad».

El diácono permanente con su ministerio hace presente a Jesús, el servidor por excelencia: «Si el Señor ha hecho esto -lava los pies- vosotros, diáconos, no dudéis en hacerlo con aquellos que están enfermos e impedidos porque sois operarios de la verdad, revestidos del ejemplo de Cristo».  ( Didascalia Apostolorum XVI, 36).

Evidentemente, como pastor de la Iglesia Arquidiocesana valoro esta nueva experiencia del Diaconado permanente como un don y una gracia del Señor. Nadie, invocando sus capacidades o en virtud de sus méritos, puede exigir este ministerio pues, como manifesté en mi homilía,  Dios es quien elige y llama a servirle.

Reitero mi invitación a los nuevos servidores para que acojan  con humildad, confianza y gratitud,  esta vocación que el Señor les regala y que, con alegría y disposición de ánimo, dinamicen el servicio de la Iglesia para todos, especialmente hacia los más pobres y necesitados.

Agradezco, también,  la respuesta generosa y desinteresada de sus esposas e hijos para que ellos puedan dedicarse a servir y les aseguro mi oración  para que el Señor haga de ustedes como familia, día a día,  un auténtico testimonio de hogar cristiano.

A estos diecinueve  servidores les ofrezco mi cercanía y oración con la certeza de que “…si Dios empezó tan buen trabajo en ustedes, estoy seguro de que lo continuará hasta concluirlo el día de Cristo Jesús. (Filipenses 1,6)

Fuente:
Oficina de Comunicación - Curia Metropolitana