El Obispo ... un padre cercano


Con ocasión de la ordenación episcopal de Monseñor José Manuel Garita, hoy obispo de Ciudad Quesada, manifesté en la homilía algunos aspectos que quisiera ampliar en estas líneas.

Primeramente, retomo mi convicción profunda de que el Obispo, llamado a transparentar en medio del rebaño el amor de Dios, debe ejercer el ministerio de la paternidad, sobre todo, en relación a los sacerdotes; “Síguese que, por el don del Espíritu Santo que se ha dado a los presbíteros en la sagrada ordenación, los Obispos los tienen como colaboradores y consejeros necesarios en el ministerio y oficio de enseñar, santificar y apacentar al Pueblo de Dios”. “Así, pues, por razón de esta comunión en el mismo sacerdocio y ministerio, tengan los Obispos a los presbíteros como hermanos y amigos suyos, y lleven, según sus fuerzas, atravesado en el corazón el bien, tanto material como especialmente espiritual, de los mismos.” (P. O. 7). 

Por tanto, nosotros los Obispos, lo digo con palabras del Papa Emérito Benedicto: “Debemos tener en el corazón su bienestar espiritual y material; debemos ejercer nuestra paternidad en nuestra relación con ellos con un corazón en verdad fraterno; no debemos dejarlos solos en sus deberes ministeriales, cuando están enfermos, en la tercera edad o están acosados por los desafíos de la vida.” (Discurso del 18 de mayo de 2006).

Del mismo modo, en aquello que mira a la instauración de la justicia, el Obispo debe hacerse presente a imitación del Buen Pastor que siempre está cerca de la oveja que más lo necesita. Esta tarea que tiene su fundamento en la participación de la misma misión de Jesús, el ungido por excelencia, nos lleva a tomar conciencia que “El Espíritu del Señor … Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar la libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.” (Lc. 4). 

Hemos sido enviados a anunciar la liberación integral del ser humano, de ahí que no podemos olvidar la fuerza transformadora de la Palabra de Dios, al ejercer la función de enseñar y sus implicaciones directas en la transformación de la realidad. El ministerio del Obispo no se reduce a la sacristía, porque “Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.” (Código, canon 747) Podemos hablar así de la misión profética de nuestro ministerio, tanto en lo que mira al anuncio como a la denuncia. Tarea no fácil, por lo incómoda que resulta a los poderes constituidos.

También en lo que mira a la justicia social, el Santo Padre nos recuerda el texto del Deuteronomio, “Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al forastero y le da pan y vestido” (Dt 10, 19). Los obispos somos enviados a estar presentes, no sólo teórica, sino físicamente como lo está haciendo el Papa en las “periferias existenciales”, manifestando cómo la misericordia, la cercanía hacia los que más lo necesitan, la acogida, han de llevarnos a poner en práctica la “projimidad” término utilizado también por él, ser buenos samaritanos con los hermanos que peregrinan junto a nosotros.

Fuente:
Oficina de Comunicación, Curia Metropolitana